HAIRSPRAY

Después de Wicked llegó Hairspray, y con él uno de esos retos que solo a nosotros se nos ocurren. De repente nos vimos construyendo un bote de laca gigante, convirtiendo a nuestras protagonistas en adorables “gorditas”, preparando a un chico para hacer de madre con toda la gracia del mundo, y aprendiendo claqué como si lleváramos toda la vida bailándolo. Fue el año de los maquillajes negros, de los vestidos de lentejuelas que brillaban más que los focos, de los ensayos llenos de risas y de esa energía que solo aparece cuando un grupo está disfrutando de verdad.

Hairspray fue un musical luminoso, divertido y lleno de ritmo. Su música era tan contagiosa que el público salía del teatro cantando, moviéndose y con una sonrisa que les duraba horas. Para nosotros fue una fiesta de principio a fin: un proyecto que nos recordó que el teatro también es eso, celebrar, jugar, transformarse y dejar que la alegría lo invada todo.

Además, fue un año en el que descubrimos que la comedia también exige una precisión enorme: cada gesto, cada mirada, cada entrada a destiempo podía cambiarlo todo. Y aun así, entre coreografías imposibles, pelucas rebeldes y litros de purpurina, encontramos un ritmo propio que nos unió más como grupo. Hairspray nos enseñó a reírnos de nosotros mismos, a abrazar lo exagerado y a disfrutar sin miedo del espectáculo.

Y quizá por eso lo recordamos con tanto cariño. Porque más allá del brillo, del claqué y de la música, fue un musical que nos hizo sentir ligeros, libres y valientes. Un proyecto que nos demostró que, cuando nos dejamos llevar por la diversión y la creatividad, el escenario se convierte en un lugar donde todo es posible. Fue un año de pura alegría, de esos que se quedan grabados para siempre en la memoria de un grupo.



Con Hairspray vivimos un punto de inflexión dentro de Aescena. Fue la obra en la que empezamos a confiar de verdad en lo que éramos capaces de hacer, tanto individualmente como en grupo. Cada ensayo nos enseñó a mirarnos con otros ojos: a detectar nuestros fallos sin miedo, a corregirlos con paciencia y a celebrar cada pequeño avance como un triunfo compartido.

También fue la obra que nos empujó a atrevernos. A crear cosas que, al principio, parecían raras, imposibles o demasiado ambiciosas para un grupo amateur. Pero Hairspray nos enseñó que la creatividad no entiende de límites cuando se trabaja con ilusión, que las ideas locas pueden convertirse en momentos mágicos y que el escenario es un lugar donde todo puede suceder si se hace con corazón.

Al final, más allá de las canciones, los colores y la energía contagiosa del musical, Hairspray nos regaló algo mucho más valioso: la certeza de que podíamos crecer, arriesgar, reinventarnos y disfrutar del camino. Fue el comienzo de una etapa en la que dejamos de dudar y empezamos a soñar más alto.